Asediado por un sueño recurrente, el hombre teme dormir. No se trata de un sueño sombrío, sino más bien de lo contrario: uno calmo, incluso dulce, que le recuerda a una antigua compañera de oficina que, en su juventud y sin saberlo, él amó. Tan bello y revelador es el sueño que cada despertar le abre una pérdida y un desgarro.