El filósofo inventa al Demiurgo, que ha inventado el Cosmos. Ahora, el filósofo vive en ese Cosmos creado por su creación: uno donde el tiempo, en su rusticidad, imita la perfección atemporal de la morada del Demiurgo. Sometido a ese tiempo que ha creado su creación, el filósofo envejece. Tal vez, en ese transcurso, se pregunte si en algún futuro otro pensador lo narrará a él: si él también será la obra de alguien más.