Nacer en un presente atravesado por dolores y fracasos les pareció una condena, hasta que descubrieron el pragmatismo. Se desconoce cuándo —y es verosímil esta ignorancia—, pero en cierto momento aprendieron a diluir sus días vividos, y los días vividos por sus padres y abuelos, en una vaguedad reparadora. La calma de hoy les nace de esa aceptación: de esa capacidad para entender que nada es tan incierto como el pasado; de que solo la promesa está hecha de un material noble. Aunque saben —ninguno de ellos es idiota— que cualquier futuro será fagocitado por la máquina urgente de la vivencia, ese monstruo que mastica esperanza y la reduce a memoria. Para gestionar esa tensión, hoy, cuentan con sacerdotes y terapeutas.