El autor intenta, con denuedo, manipular el lenguaje, adulterarlo, como si así pudiera simbolizar otro tiempo, como si en lugar de sucesiones, de representar lo que, inevitablemente, se despliega, el lenguaje pudiera referir otra cosa, una rebanada del mundo, o, digamos, una eternidad finita, que se pueda torcer, moldear, y por eso el autor se empecina, busca un lenguaje que desgarre al lenguaje, porque si el lenguaje, por su naturaleza, expresa el tiempo, no hay otra manera, concluye el autor, que trastocar su significación, construir un tiempo roto y repuesto, aunque el gesto, con los años, con las páginas, con los libros, se ahoga en formas banales que, como cabe esperar, complacen a críticos, que demandan una fosforescencia, un estrépito, y un lenguaje empeñado en torcer el tiempo sería, para esos críticos, condición de posibilidad, promesa de salvación, como quien dice, sin embargo el autor, aunque batalle, no supera el balbuceo estéril, porque el lenguaje no solo refiere al tiempo, conjetura tras cintilantes derrotas, el lenguaje es tiempo, pero ni siquiera ahí acaba la cosa, porque el tiempo, descifra el autor, después de años, después de varios libros, después de miles de páginas, está hecho de lenguaje, y esa no es una iluminación menor, no, si el tiempo está hecho de lenguaje, entonces su búsqueda de juventud se obtura a sí misma, aunque ese pasado no expresa apenas un estertor rengo, también incubó una revelación, incluso una semilla, porque el autor, esto lo comprende en su madurez, o quizá al comprenderlo funda su madurez, se ha reescrito, a partir de esta luz, a sí mismo como tierra fértil.