El Demiurgo habita una perfección sin tiempo. Desde esa eternidad sueña un Cosmos. Su sueño, como cualquier sueño, es una copia degradada de su hogar, pero también un capricho. Y, como cualquier sueño, está hecho de una materia informe, de agitaciones que no sedimentan. Obstinado, el Demiurgo doma la agitación: le imprime un tiempo que le marcará el pulso, un imperio regular de cuerpos celestes que simularán lo eterno. Se felicita por su éxito, pero descubre que ese tiempo que le ha inventado al Cosmos lo salpica: mantener la copia es pensarla, y con el Cosmos y el tiempo del Cosmos al Demiurgo le nace un devenir. El Demiurgo padece ahora la fugacidad del ahora.
⠀⠀⠀Siglos o milenios después, hastiado, decide regresar al confort de la eternidad. Sabe que cuando deje de pensar al Cosmos, este se degradará. Pero con el tiempo ha descubierto el cansancio y también la frustración. Sometido a la última fugacidad, mientras le da la espalda al Mundo y al Sol y a esos astros que orbitan con una cadencia que emula perfección, susurra resignado, más aceptando lo irremediable que proponiendo una creación: «Hágase la entropía».