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Brevedades

de Santiago Ambao

El verdadero sentido de las instituciones

El hombre se ve envuelto en una riña: mata y huye. Para evadir a la autoridad se rasura el bigote compadrito, cambia su forma de vestir, se distancia de sus amistades y hasta imposta un acento sureño. Pero sabe que el disfraz debe ser completo: por eso se muestra como un hombre de paz, de diálogo; un hombre afable y comprensivo. Algunos días extraña el bigote, su vieja forma de vestir, su acento natal, sus amigos de antes y sus mañas; entonces le tienta pensar que los jueces y los gendarmes tal vez lo hayan olvidado. Pero la prudencia siempre le gana y, resignado, envejece. Al final muere: sin bigote, sin su vieja forma de vestir, sin las mañas.

Esta vez, el Estado ha cumplido con su deber.


Qué autor detrás del autor la trama empieza

El filósofo inventa al Demiurgo, que ha inventado el Cosmos. Ahora, el filósofo vive en ese Cosmos creado por su creación: uno donde el tiempo, en su rusticidad, imita la perfección atemporal de la morada del Demiurgo. Sometido a ese tiempo que ha creado su creación, el filósofo envejece. Tal vez, en ese transcurso, se pregunte si en algún futuro otro pensador lo narrará a él: si él también será la obra de alguien más.


A las metáforas las carga el diablo

Durante una larga juventud, blindó su virilidad anacrónica con una imagen que se le volvió mantra: «Mi culo es un templo», repetía a quien le cuestionara los hábitos. Recién entrada la madurez descifró lo que la sentencia prometía: que sin importar a qué rito ampare, cualquier templo reclama un sacerdote.


La impotencia del poeta

Hastiado, el poeta lee otra reseña que busca belleza en su obra. Él, que trató con el tedio, con el espanto, con la violencia; con lo ríspido y con lo acético; que intentó demorar el tiempo y apurar silencios; que se tiró mediodías en vela ensayando armonías en descomposición, tropiezos, opacidades. Él, pobre miserable, tiene que entregar sus intentos a la runfla reduccionista que todo lo enchastra con belleza.


Paradoja epistemológica

Cuando le preguntaron al filósofo qué respondía a quienes lo consideraban arrogante, aceptó la incertidumbre con un gesto vago. Y tras una larga pausa dijo que sí, que los arrogantes piensan que los demás son idiotas. Pero también los idiotas creen que los demás son arrogantes.


Sobre la fragilidad del pasado

Asediado por un sueño recurrente, el hombre teme dormir. No se trata de un sueño sombrío, sino más bien de lo contrario: uno calmo, incluso dulce, que le recuerda una antigua compañera de oficina a la que, en su juventud y sin saberlo, él amó. Tan bello y revelador es el sueño, que cada despertar le abre una pérdida y un desgarro.


Un ensayo de eternidad

Se le apilan tantos mundos que se atraganta de presentes; entonces busca un territorio sin devenir, una quietud. Sabe que ese territorio es imposible, y se propone probar con palabras. Si el lenguaje lo puede todo, ¿como no le va a anestesiar el tiempo? Las busca con calma, consciente de que ninguna urgencia mejoraría la empresa. En el intento se le van los meses y los años y casi toda la vida, pero él insiste, porque en esos meses y años y vida lo agobiaron –y todavía agobian– tantas capas de mundo; montones de instantes que lo abarrotan de sentidos. Durante el viaje –y sin habérselo propuesto–, su afán lo ha hecho filósofo. (Esto, sin dudas, le impone un lastre nuevo). En un intento por gambetear sucesiones, decide probar con la poesía. Durante algunos años cree que aún habita el imperio del lenguaje. Sin embargo la tenacidad o el azar o vaya a saber qué accidente le tropieza el rumbo, y una tarde lo encuentra ordenando silencios. Entonces sí: por fin logra un ensayo de eternidad.

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