Durante miles de kilómetros avanzan por una chatura a la que llaman «Pampa». Es un viaje iniciático pero también un regreso; es promesa y nostalgia. Los ancianos lo recorren en paz; los adolescentes —a veces incluso niños—, con curiosidad y entusiasmo. El viaje se vuelve tedioso a causa del calor y los vientos, pero sobre todo por la monotonía: tanta planicie los aleja del mundo, incluso de sí mismos.
⠀⠀⠀A los dos o tres días, llegan. El mirador es una estructura de algarrobo y hierro forjado, que los más viejos ya tienen por antiquísima. (Muchos aseguran que es obra de Dios; otros —ateos pero no menos optimistas— la atribuyen a un milagro estadístico: de la misma manera en que el azar ha creado el mugido del toro y los amaneceres, ¿por qué no sería capaz de dar forma a una estructura circular, con barandas de hierro, con dos subidas equidistantes de cuatro escalones cada una, con un piso de madera durísima que resiste los vientos y las lluvias pampeanas?). Tampoco faltan quienes la consideran obra de extraterrestres o de generaciones futuras que vencerán al tiempo. En el fondo, todos saben que puede haber sido construida por alguna civilización pretérita, y que la cuestión carece de importancia.
⠀⠀⠀El ritual está desprovisto de cursilerías: ellos suben al mirador y, en silencio, miran. Miran con fruición, con alegría, con desasosiego; a veces con miedo o esperanza. Durante horas miran esa Pampa que se despliega homogénea hasta el horizonte y quién sabe cuánto más.
⠀⠀⠀Cuando anochece, carnean un ternero cimarrón, cenan asado con cuero. Mientras comen, intercambian paisajes: donde algunos percibieron vacío, otros, promesas; donde varios leyeron libertad, unos cuantos, impotencia; donde uno descifró una metonimia del infinito, otro, la más aplastante metáfora de la pequeñez.
⠀⠀⠀Al primer sol emprenden la vuelta, con una conciencia nueva o renovada. Con una incertidumbre fecunda que les atraviesa el ánimo.