Con lo que queda de eternidad por delante, Sísifo está condenado a todos los pensamientos posibles, como en una biblioteca de Babel mental. Quizá no tanto en las subidas, que son arduas, pero en cada descenso garabatea ideas que evitan repetirse, en un intento por posponer el tedio. Así, entre especulaciones, Sísifo pensó o pensará que alguien ha propuesto o propondrá que la vida no tiene sentido, o al menos no uno trascendental, o que el único sentido es el que cada uno sea capaz de darle a su propia finitud. Aplaude el veredicto y añora todavía más los días anteriores a su condena. Inevitablemente, en alguna de las bajadas, piensa o pensará también que ese alguien lo usa o ha usado como ejemplo, como si su vagar entre imaginaciones o conjeturas prometiera una felicidad. Sísifo, que transpira en las subidas un destino insensato y también la nostalgia de su fragilidad humana, sabe que eso de lo absurdo de la vida es una verdad tan extensa como su desierto. Sin embargo, en otra de las bajadas en busca de la piedra que será pasado y fue futuro, se lamentó o lamentará de que una teoría inobjetable lo use como modelo: porque él conoce mejor que nadie que a la vida la define la muerte, y que en su fatiga eterna, la categoría de «sentido» no tiene sentido. Su repetición inagotable —él lo padeció en ese futuro que se ha diluido en un vastísimo ahora— no es pertinente para pensar ni la vida ni el absurdo.