El polvo lo sabe todo. Por eso la inmovilidad, por eso el desgano. Por eso el abandonarse al viento o la lluvia, como si el tiempo no existiera. Ese conocimiento absoluto es un vagar interior tedioso e inútil; todavía anárquico. Hasta que en el ir y venir entre recuerdos y certezas encuentra la clave para doblegar la parálisis: en algún lado el polvo sabe que hay que saber olvidar. Acá emprende su fuga de la eternidad. Olvidará cada vez más hasta que al fin pasará de polvo a huesos y de huesos a carne. El proceso es lento porque hay tanto de qué desprenderse. Pero un día habrá liberado suficiente lastre como para volverse un anciano. Desconocemos si entre sus saberes sobrevive aquel que disparó la carrera, o si ya no hay forma de detener la inercia. (Al fin y al cabo para nosotros el tiempo todavía representa un misterio). Lo cierto es que la dinámica del olvido transforma la vejez primero en edad adulta, luego en juventud y más tarde en adolescencia. Así, el que fue polvo sabio muta a un manojo de eufórica ignorancia. No hay registros de que en este punto, en algún caso, se haya detenido el proceso: ahí reside el mayor de nuestros interrogantes. Solo verificamos que el adolescente va a devenir en niño y algún día despertará con un solo recuerdo: quizá que siglos antes lo supo todo. Pero claro, esto último es una conjetura. Sí comprendemos que la inercia se ha vuelto imbatible: por eso los bebés, con su última voluntad, lloran. Un llanto casi siempre agónico y solo unas pocas veces resignado. Intuyen que pronto no serán bebés, ni niños ni ancianos. Mucho menos aquel polvo sabio. Porque lo que los espera es la nada.